Piso

Sin lugar a dudas, este piso fue mi hogar alguna vez, aunque no reconozca los biombos ni estas cortinas tan largas que el viento remueve pacíficamente.

Podría quedarme en silencio, modulando mi respiración. Una música aguda disuelve esta calma.

¿Qué será de los que habitan abajo? Una señora esclerótica me adelanta mientras desciendo las escaleras.

Ahí están, con los rostros de la última vez. La luz de la tarde al través de las ventanas les confiere un brillo especial en los ojos mientras conversan. Sin embargo no escucho sus voces y nadie parece advertirme.

Sólo tengo mi respiración.

Propiedad

En esos filmes en torno a la Segunda Guerra Mundial, cuando el conflicto ha terminado, la gente sale del refugio con el pecho inflamado de alegría y con el paso firme, tomados de la mano y entre la certeza de un destino compartido; cuando menos, con la seguridad que brinda la complicidad, por efímera que fuere, entre dos.

Te despides dulcemente y entras ya en el autobús… El instante me transmite una errónea sensación de propiedad.

División

La división más ordinaria entre nosotros, acontece entre el querer hacer y el deber hacer. Lo primero es una pasión que, alcanzada su dorada cúspide, conlleva el peligro inherente, degradante, del hastío obscuro. Lo segundo es meter al barro inmundo nuestros pies, para luego enunciar, superada la aversión, las impares propiedades curativas de tan místico elemento.