Las 5 palabras más hermosas de la lengua española

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Escuché (fue tal vez en la radio de algún autobús hirviendo, o quizá, y menos probable, lo decía una persona a otra en los pasillos populosos del mercado agropecuario) que se buscan las cinco palabras más hermosas de la lengua española. Hará una semana de ello.

Esta mañana, por azar, vino a mi mente la cuestión y no he dejado de abrirme paso entre el espectro que pueda, o no, conformar mi lenguaje.

¿Cuántos vocabularios tengo, cuál es mi universo sobre el cual he de seleccionar? ¿Y qué es “hermoso”, cuando no ambigüedad?

Encuentro las palabras diarias, de combate y resistencia, que me ayudan a respirar de sol a sol, que me dan de comer. Encuentro las palabras que me dan lugar en el tiempo y el espacio, que me dan identidad. Encuentro las palabras con que amo y odio y soy indiferente, que me liberan. Encuentro las palabras con que me aproximo a lo que no tiene nombre, que me hacen ver mis límites, mi humanidad, pero que también detonan la profundidad de observación y creación, el prudente o imprudente afán de perseguir lo que no existe, las palabras que no existen.

¿Y realmente hay palabra más hermosa que otra? Prefiero condicionar, asociar, la belleza a la utilidad. La utilidad del lenguaje es sugerir el mundo, abrir sus puertas y representar, entregar para su modelado. No veo palabra superior.

Intentaba, en última instancia, algún filtro mediante lo que cada palabra analizada invoca, evoca, provoca y convoca (me asalta una duda: ¿nombrar es revocar?). Y creo tener mis cinco palabras, sin orden específico:

  • mujer
  • puente
  • ciudad
  • máquina
  • libro

Palabras sencillas, que actúan en mi como fuente, molino, río, corriente, mano que hiende, boca que bebe.

¿Y tú, lector, tienes cinco palabras?

Notas de taller: Raymond Carver

Mientras camino por la rampa que lleva hasta el tercer piso, se oye el braceo de los nadadores y las voces de sus instructores en la alberca contigua. En el edificio, varios jóvenes se apoyan en los barandales y conversan mientras aparecen los maestros. Identifico el aula I. Saludo y entro a la primera sesión de este Taller de Cuento Contemporáneo.

El veinteañero con barba sentado sobre el escritorio resulta ser quien dirigirá el taller. Somos pocos: 8 de 11 inscritos. Tras minutos de espera por los tres alumnos faltantes, procede la presentación del curso y de todos los asistentes, maestro y compañeros.

Debemos decir lo que hemos leído. Mis compañeros nombran a Cortazar, García Márquez, Rulfo, Lovecraft, Salgari, Coelho… Sus rostros me transportan a su edad y  me encuentro leyendo a Octavio Paz, Poe y Conan Doyle. Las lecturas recientes no logro recordarlas en ese momento.

En esta primera sesión se habla del realismo sucio, o cuando menos de uno de sus exponentes, Raymond Carver. Se repasa el tema de su alcoholismo y el polémico papel de su editor, para luego leer “Vecinos”, incluido en su Will you please be quiet, please? 

Es bueno encontrarse con gente que sepa leer. Con una voz fluida pero modulada, los personajes dejan de tropezarse inesperadamente.

Tras la ronda de comentarios, encontramos que hay imágenes algo distanciadas una de otra, como secuencia entrecortada, y ausencia de adjetivos. Es el minimalismo. El propio asunto de la historia nos parece trivial y en una atmósfera fría. Que el autor emplea personajes comunes y asuntos ordinarios como característica, menciona el maestro.

Ahora procedemos a escribir. Se nos pide reelaborar el final de la historia, procurando imitar el estilo de Carver. Cada cual comparte lo suyo y queda de manifiesto una tendencia a la sobreexplicación, lejos de Carver.

Pero es la alusión a unas fotos en el cuento lo que atrapa la atención de la mayoría. Cosa que aprovecha el maestro para encargar la primera tarea: un cuento propio a partir de esas fotos, en una cuartilla.

Mejor me doy prisa. Mañana martes, nueva sesión.

Tomaré un taller de cuento contemporáneo

A la vejez, viruela. Tomaré un, así denominado, taller de cuento contemporáneo.

Luego de tantos traspies con esto de la poesía, que me han hecho ir cada vez más despacio por su camino, me iba convenciendo de que era el momento de llegar por otro lado.

Bueno, para ser francos, la estrategia del segundo camino la estoy aplicando en algunos otros aspectos de mi vida, pues la náusea obliga a tomar medicina. Por ejemplo, decidí estudiar otra carrera (Terapia Física), la cual iniciaré en el próximo enero.

Y lo del taller de cuento surgió de ahí: la universidad exige formación complementaria (humanista, cultural, artística, etc.) como requisito de titulación. Entre las opciones que ofrece para ello, ví este taller, que además es gratuito, y no dudé.

No miento si digo que son ustedes los primeros en enterarse… Es que, tú y yo sabemos las caras de nuestros cercanos cuando se dan cuenta de que escribimos poesía; podríamos hacer docenas de memes con sus reacciones. No sería distinto con el cuento, ja, ja.

Y ya que para todo hay rituales, venga, díganme sus secretos para elegir La libreta de notas adecuada o El bolígrafo perfecto ‘-)

Piso

Sin lugar a dudas, este piso fue mi hogar alguna vez, aunque no reconozca los biombos ni estas cortinas tan largas que el viento remueve pacíficamente.

Podría quedarme en silencio, modulando mi respiración. Una música aguda disuelve esta calma.

¿Qué será de los que habitan abajo? Una señora esclerótica me adelanta mientras desciendo las escaleras.

Ahí están, con los rostros de la última vez. La luz de la tarde al través de las ventanas les confiere un brillo especial en los ojos mientras conversan. Sin embargo no escucho sus voces y nadie parece advertirme.

Sólo tengo mi respiración.