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El viajero promedio piensa que a todo mundo le interesa su itinerario. Por ello visita cuantos lugares comunes sea posible. 

Hechos y palabras

Tengo un conocido que, día tras día, hora tras hora, de manera prácticamente religiosa, se declara ateo. Le gusta increpar por Facebook a quienes tienen dios y los coloca por debajo, claro, de los simios. Para él, la oración es una seña hipócrita y mezquina.

En tales devaneos transcurría su vida cuando entonces, ya todos sabemos esta parte, la catástrofe se hizo presente en nuestro país en forma de terremotos…

Al hombre en cuestión, por supuesto, se le exacerbaron sus cualidades humanas (“más nobles los hechos que las palabras”, dice) y encabezó un grupo de ayuda, de acopio de víveres, para luego enviar a donde fuera necesario. “Es mi gente, mis hermanos”, fue su nuevo calificativo diario en Facebook para con ellos…

Y ya. No hay más historia… Cada cual podría interpretar esto de distintas maneras. Pero a mi me sorprende la manera tan vil que algunos tienen para decirse humanos. 

Antifaz

Lucie me escucha

una mala palabra:

se asusta y me lanza

una torva mirada

con esa su voz

de venado entre cercos.


¿Has oído la canción – me dice –

del desfile de antifaces? Tú también

eres como ellos.

Recordatorio

La semana pasada, durante un día que tomé de descanso, en un largo trayecto en autobús, se me ocurrió contestar un correo electrónico con asuntos del trabajo.

La ‘contrarespuesta’ que recibí, para mi sorpresa, fue con una espontánea estructura 5-7-5, que por su contenido no sería un haikú pero bien puede acercarse al senryu.

Transcribo el mencionado correo:

Ja, ja, ja, ja.

No estás trabajando:

te lo recuerdo.

Hace mucho que no me sacaba una sonrisa un correo.

Nada. Nada está roto, 

si las más delgadas fibras permanecen 

inervando los vacíos medulares. 

Me desprendo lentamente 

de tu boca 

como quien lleva una góndola al canal y deja

que las ondas le remezcan 

al hundirse el día. 

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